Un alipori. Me está dando un alipori
Un alipori. Me está dando un alipori. Sobre el problema de la Mutualidad.
Define nuestro diccionario alipori como un término
coloquial que significa vergüenza ajena. Es decir, el malestar que se siente a
causa de algo que otro ha dicho o hecho. Resulta paradójico que se atribuya su
creación al polifacético Eugenio D’Ors, gran humanista, filósofo y jurista. Y
digo esto porque es muy probable que don Eugenio esté sintiendo un alipori
desde su túmulo.
Y es que yo, nacido en el 63 y más cerca de la
jubilación que de los años fértiles, me da vergüenza ajena lo que he estado
presenciando -y presencio- con el asunto de la Mutualidad. Ahora, según parece,
ha perdido el apellido de la Abogacía. Como la siento con los
Colegios de la Abogacía y su Consejo.
Hace poco más de un año estalló el malestar entre
muchos abogados y procuradores que, próximos a su jubilación, hemos advertido
cómo nuestro sistema de previsión que se vendía como un régimen seguro y
equivalente al Régimen Especial de Trabajadores Autónomos se ha convertido en
una trampa en la que, con los fondos cautivos, se percibirán unas pensiones de
miseria inferiores al Ingreso Mínimo Vital, que, por otro lado ni se
actualizarán ni tienen posibilidad de transmitirse mortis causa, de tal modo
que, el abogado o procurador que se jubile, percibirá una mísera pensión
mientras viva -su cónyuge viudo, por supuesto, nada de nada- y cobrará lo mismo
el primer mes que tenga derecho hasta el día que fallezca, de tal modo que ni
se tiene en cuenta ni se tendrá la posible inflación anual ni otros avatares de
las economías modernas.
La cuestión ya es conocida por la opinión pública. No
creo necesaria mayor explicación.
Vergüenza ajena siento cuando observo cómo desde los
Colegios se sigue vendiendo este producto a los jóvenes letrados que comienzan
su andadura sin explicar o balancear la posible bondad del otro régimen, el del
RETA. Incluso en las Escuelas de Práctica Jurídica, hoy Másteres de Abogacía y
Procura, se ofrece el atril a comerciales de la Mutualidad para que expliquen
las bondades del sistema.
Alipori me causa cómo la práctica totalidad de los
Decanos -algunos de ellos sentados en las estructuras mutuales- han mirado
hacia otro lado cuando este grave problema ha estallado entre sus manos,
queriendo, la minoría, nadar y guardar la ropa. La mayoría, ni siquiera nadar.
Siento grave vilipendio cuando algún compañero cercano
o dentro de esas estructuras -cobrando de ellas, no sé si mucho o poco, aunque
tampoco me importa-, sigue defendiendo la fortaleza del sistema, atribuyendo la
culpa de ese desmán a quienes -según ellos- han pagado poco durante su vida
útil.
Vergüenza ajena sentí cuando en el año 1996, momento
en que se abrió la posibilidad -hasta entonces prohibida- de darse de alta en
el RETA, se advertía a quien se fuera de la Mutualidad que perdería todo lo
aportado hasta ese momento, importante valladar que provocó que muchos -entre
los que me encuentro- siguiéramos aportando fondos a ese sistema perverso muy parecido
a una especie de estafa piramidal.
Un grave alipori se apoderó de mí cuando, en 2005,
momento en que la Mutualidad pasó a convertirse en una especie de Compañía de
Seguros Privados, decidió quitar -más o menos- el 30% de lo aportado hasta el
momento por cada mutualista para sostener el pago de los mutualistas ya pasivos
y de sus cónyuges viudos.
Me parece obsceno que, a pesar de decirse que el
sistema actual es un “plan de pensiones”, sin embargo, no pueda traspasarse lo
aportado a otra entidad de similares características lo que supone, de hecho,
una especie de expropiación en esencia.
Sonrojo me produjo el observar algunas inversiones
-con el dinero de los mutualistas- que resultaron ruinosas sin que nadie
ejerciera algún tipo de acción tendente a la búsqueda de responsables.
Vergüenza ajena -además de seria preocupación- me
causan los proyectos de legislación que se manejan para intentar dar solución a
este grave asunto en los que se deja abandonados a su suerte a quienes ya se
han jubilado, a los que hemos simultaneado ambos regímenes -en un primer
periodo por obligación- y a quienes se les pretende obligar a demostrar que son
vulnerables como si el derecho a una jubilación digna dependiera de la
situación económica, olvidando, por tanto, que es un derecho puro y
no una gratificación.
Siento alipori, finalmente, cuando la cúpula de esa
mutualidad que ahora ni siquiera se tilda de abogacía, discurre en sus
comportamientos como si no pasara nada obviando -hace mucho, por cierto- que de
quien se nutre y se ha nutrido son fondos de compañeros de profesión y
olvidando, esencialmente, los intereses de los mismos.
Mucho me temo que la vergüenza ajena que sentimos muchos
no va a hacer cambiar a quienes, quizás, no tengan la capacidad de
avergonzarse.
Jorge Revenga

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